X Carrera del Ebro, mi cuarta participación

Autor: 
VANESA
Fecha Cronica: 
29/02/2016
Disciplina: 
Carreras de Montaña

Hace tres años, incitada por un buen amigo mío y compañero de la carrera, Mateo, decidí  apuntarme a mi primera carrera, la del Ebro. Me sugirió apuntarme a la de 14 km. Pero como soy tan bruta, pensé que 14 km eran pocos y que mejor me apuntaba a la de 30 km. Ese año era la primera vez que la hacían.

Recuerdo perfectamente las charradas de mi padre: “Hija mía, ¿pero qué es lo máximo que has corrido? Cuidado con la soledad de la carrera… No es malo si tienes que abandonar…” La verdad es que después de pagar la inscripción, estaba acojonada. ¿Sería capaz? ¿Y si me daba un tirón (o 25)? ¿Y si me quedaba sola? Mi padre es bicicletero, ha hecho unas cuantas carreras y sabía de lo que hablaba.

A la carrera llegué como un auténtico flan. No era para menos, hasta ese día, creo que mi tirada más larga había sido de 2 horas, y ni siquiera sabía la distancia que había cubierto. Recuerdo en los vestuarios hablar nerviosamente con las pocas chicas que había, recuerdo lo deportistas que me parecieron…  Lo profesionales que me parecieron… Ahí estaba yo, con mis trenzas, mis geles encajados de malas maneras en los bolsillos de las mallas, y un cuerpo jotero que quitaba el sentido. Pero alma de cántaro, ¿a dónde vas?

Cuando la carrera arrancó, tardé muy poco, unos 100 metros aproximadamente, en darme cuenta de lo fuera de lugar que estaba. Mi amigo iba a toda pastilla, y yo era lenta, lenta, muy lenta. Y tardé un poco más (1 km) en enfrentarme a la soledad de la carrera. A lo que me quise dar cuenta, prácticamente me había rebasado todo el mundo, no había nadie por delante ni por detrás. Y yo sin música. Y corrí, intentando pensar que iba a ser capaz por muy sola que estuviera… Hasta el km 20 más o menos corrí sola. Los últimos 10 los compartí con dos rezagados. Al final logré completar la carrera en unas 3 horas y 20 minutos. Ahí estaba mi padre, esperándome. Yo creo que le sorprendió que fuera capaz de, a pesar de la soledad, completar la carrera. Al día siguiente no era ni persona, me dolía prácticamente todo el cuerpo, pero tenía un subidón impresionante.

En 2014 decidí apuntarme otra vez. Esta veo, el dios Eolo hizo de las suyas y nos deleitó toda la carrera con un cierzo que tiraba para atrás, literalmente. Sufrí bastante, y completé la carrera otra vez, incrementando en 10 minutos mi tiempo. Recuerdo que quedando unos 2 km para terminar, escuché a mis espaldas un ruido, y vi que era el coche escoba, junto con la Cruz Roja y la Policía Local. Madre mía, qué estrés… Recuerdo los aplausos a rabiar cuando sólo me quedaba una vuelta a la pista de atletismo. Si es que prácticamente fui la última… pero lo logré, otra vez.

Y en 2015, la hecatombe. Llegué a la carrera cansada por exceso de kilometraje. Llegué agotada y al poco de arrancar, tuve molestias en el estómago. Luego estuve prácticamente 20 km con el pecho cargadísimo y tosiendo, lo que dos días después hizo que escupiera sangre, válgame. Completé la carrera en unas 3 horas y 40 minutos de puro sufrimiento. Lo de la sangre fue simple irritación, pero la verdad que no la disfruté nada de nada. Malas sensaciones en todo momento.

Tenía serias dudas de repetir este año. Después de varias ediciones, me daba la sensación de  que lo mejor era diversificar las miras y probar nuevas carreras (amén del mal sabor de boca de la experiencia de 2015). Sin embargo, cuando supe que Alma Obregón, la bloguera famosa que hace cupcakes que te mueres y corre que se las pela, iba a venir a Zaragoza, y me preguntó por carreras en el mes de febrero-marzo, le hablé de la del Ebro. Buscó fechas y al final encajó el curso de repostería que iba a impartir con la fecha de la carrera, con la intención de correrla junto a Lucas, su marido. Así que sin dudarlo, volví a apuntarme. Cuando me inscribí, ya había mejorado notoriamente mis registros (fue la época de mis primeras carreras cortas, allá por diciembre), así que le tenía menos miedo que en otras ocasiones. En principio.

Circunstancias de la vida, Alma está esperando un niño (lo cual me alegra muchísimo), así que sería finalmente Lucas quien la corriera, pero la corta. No importa, allá que vamos… Iba a estar rodeada de mis azulillos y de compis de entreno, así que no me iba a sentir sola a priori. El problema es que, en esta ocasión, los nervios se me estaban empezando a apoderar por otros motivos: después de haber mejorado tanto, ya no sólo quería acabarla, quería dar lo mejor de mí misma. Y eso entraña sus riesgos. ¿Sería capaz de mejorar registro? ¿No sería forzar demasiado la maquinaria?

El sábado previo a la carrera era el día de recogida de dorsales. Me desperté por la mañana con el ruido de la lluvia, y una hora después, no cesaba. Fui a por el dorsal, donde encontré a parte de mis andandaeh, y siguieron cayendo chuzos de punta. La cosa pintaba fatal. Frío, lluvia… por no hablar del lodazal que se debía estar organizando por los campos de maniobras. La verdad que tenía claro que iba a correr, pero la climatología presagiaba unas penosas condiciones.

Al final, entre unas cosas y otras, dormí menos de lo que hubiera debido. Y llegó el día D. Después de horas y horas sin parar de llover, por fin cesó la lluvia. Cogí mis cosas y partí para la pista de atletismo de donde arrancaba la carrera con suficiente antelación. Había que hacer un trote de calentamiento (no quería salir en frío y pagarlo caro). La mañana no era mala del todo, al menos no llovía, y por lo menos lucía el sol. Quizá tuviéramos suerte… Después de un trote con el trainer y Jorge el heavy y ver a mis azulillos, me puse la ropa de faena. Me vine arriba y me decidí: iba a ir de corto, pantalones cortos y camiseta térmica de manga corta. A tomar por el cu**. Por no pasar calor, no me puse la camiseta del club encima.

Y fui hacia el arco de salida. Ya me empezaba a entrar el efecto dorsal. Me coloqué hacia delante, lanzagranadas marcando la salida, y comenzamos. Empecé a correr alegremente, buscando un ritmo llevadero, pero con las intenciones de aprovechar los llanos para meter zapatilla. Uno, dos, uno, dos… Ya de primeras vi al míster liderando la carrera. Iba fuerte. Yo seguía a mi ritmo.

Pasamos Juslibol, y nos metimos en terreno fanganoso. Los primeros charcos empezaron a aparecer… pero no era para tanto. Los pisoteaba sin problema, total, sabíamos a lo que veníamos. Los primeros 10 km los completé en algo menos de una hora, y me vi bastante cómoda, aunque por experiencia de otras carreras sabía que picaban un poco hacia arriba… eso, y el cierzo, que cómo no, tuvo que soplar.

Llegué al meridiano de la carrera bastante bien, y decidí tomar un gel porque no había podido desayunar lo suficiente y no quería una pájara. Bueno, cayó bien, menos mal. Yo seguía a lo mío. Había una chica justo detrás de mí, iba con un chaval que le iba marcando ritmo y llegó un momento en el que me adelantó, pero francamente, decidí ir a lo mío, que 30 km eran muchos km y no quería reventar.

La verdad que los km pasaron increíblemente rápido. Iba bien de pulsaciones y de sensaciones, pero las piernas se me iban cargando, y era algo latoso que se fuera acumulando barro en las zapatillas, lo que hacía que pesaran como una tonelada. Aprovechaba las bajadas para acelerar y soltar brazos, y las cuestas más empinadas las subía andando a ritmo alegre para no morir.

Cuando confluyeron las dos carreras, la de 14 y la de 30, justo me topé con Javier Langarita. Quiso marcarme un ritmo más fuerte, pero lo perdí entre la marabunta de la gente y prefería hacer caso a mi cuerpo. La verdad que estaba animada, veía que la cosa iba bien y como iba tan discreta, toda rosa, no faltaron animadores que decían que olé por la pantera rosa, jajajaja.

Los 6 últimos km me permitieron ir algo más ligera, después de algo de bajada, llegábamos al llano previo a la pista de atletismo. Me fijé en el reloj, mi ritmo promedio iba en torno a los 5.30 min/km, eso era buenísimo. Significaba que le estaba ganando 5 minutos a cada hora, y mi objetivo de hacer menos de 3 horas lo iba a conseguir. Es más, incluso el de 2h 50 min que presagiaba algún compi de entreno.

Ya casi al final me encontré con Pedro, que había hecho la corta. Más gente, más ánimos, y una vez en la pista de atletismo, me vine arriba y aceleré el paso, al ver que estaba por debajo de las 2h 45min.

Atravesé meta en 2:42:12. Casi una hora menos que el año pasado.

¿Qué puedo decir? Que estaba inmensamente satisfecha. Había logrado mi objetivo, había conseguido hacer un buen tiempo, y lo más importante, había acabado muy bien e íntegra. Ni malas sensaciones, ni mal cuerpo… cansancio en las piernas, obviamente, pero en líneas generales, las sensaciones eran buenísimas. Después supe que había sigo quinta de la general femenina, a unos 2 minutos del tercer puesto. ¿Y sabéis lo que os digo? Que no pasa nada. Estaba feliz y satisfecha, había llevado bien la carrera, y eso era lo importante. El míster la ganó, y a Lucas el marido de Alma ya no lo pude ver.

Después de este subidón, supimos del fallecimiento de uno de los corredores de la de 30km por paro cardíaco, se desplomó pocos km antes de llegar a meta. Dedicaron un minuto de silencio, y el toque de los militares me puso los pelos de punta. Yo no lo conocía personalmente, pero sí muchos de los compañeros. Cosas así, tan repentinas, te dejan helada. No somos nada… Por supuesto, a raíz de estas noticias siempre surge en el noticiario la reflexión habitual de si el deporte se nos está yendo de las manos, la obligatoriedad de controles médicos y pruebas de esfuerzo y un largo etcétera. ¿Qué decir en estos casos? Aunque más o menos intuyamos los límites de nuestro cuerpo, por desgracia estas cosas no siempre se pueden prever. Y en definitiva, se ha ido un compañero, y eso es algo muy triste.

Así que esta crónica se la dedico a Daniel. No te conocía, pero te veo en las fotografías y se te ve buena persona, feliz por esta afición que nos une. Tus allegados están consternados, has dejado un hueco irreemplazable. Sólo puedo dar mi más sincero pésame a toda tu gente, y toda la fuerza del mundo. Algo que era una celebración se empaña… y produce mucha tristeza.  Vivamos la vida, vivamos cada día como si fuera el último. Estés donde estés… descansa en paz.

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