Cuando en marzo del año pasado (2024) terminaba la Trail Cat (agónica y brutal), no llevaba en mente repetir. Me rondaba la cabeza las 200 millas, así a lo loco, pero me acojonaba bastante y no lo terminaba de ver. Fue pasando el año, las carreras, y cuando atravesaba meta en Padres, nuevamente, en noviembre de 2024, en la Epic de 90km, lo tenía aún menos claro. Así que, desde noviembre, hasta finales de año, estuve dudando mucho. Finalmente opté por apuntarme de nuevo a las 100 millas (ya que supuestamente el recorrido sería distinto). Me daban pánico las 200 millas, más que por la distancia, que tiene tela, por las noches toledanas. 4 para ser concretos, ya que la carrera arrancaba a las 12 de la noche de un miércoles. Me daba la sensación de que, si iba pillada para 100 millas, lo iba a estar también para el doble, lógicamente.
Cuando te apuntas con dudas, los nubarrones no hacen más que revolotear alrededor. Hacia finales de enero, y con un arranque de temporada muy suave (en los 10km de la Carrera del Roscón), y viéndome a mi misma totalmente fuera de forma, lo tenía cada vez menos claro. Para más inri, un compañero de laboratorio dejaba la UTE Ebro, y yo, que me conozco cómo funcionan las vacantes por aquí, sabía que no lo iban a sustituir en un corto plazo de tiempo, por lo que tenía serias dudas de poder coger como vacaciones el viernes de carrera. Escribo esto en mayo, y seguimos igual, así que sabía de lo que hablaba.
El caso es que yo me había apuntado con seguro de anulación (nunca se sabe lo que puede ocurrir), así que eché un ojo al tema, pero, socorro, no poder coger el día necesario de vacaciones no estaba ni mucho menos en el listado de razones de anulación. Poco menos que tenías que estar agonizando en una cuneta, porque eso de “no apetecerte” tampoco entraba en las razones. Que, digo yo, hay que tener muchas ganas para correr cien millas.
Hablé con la organización, ellos no gestionaban este tema, y tras una conversación tranquilizadora, opté por esperar a ver qué ocurría con el trabajo. Poco después instauraron el tema de fichaje en el trabajo, lo cual me facilitaba generar horas, en caso necesario (y hasta días que nos deben de vacaciones, pero eso es otro tema). Por esa parte, cero preocupaciones.
En paralelo hablaba bastante con Jordi Besora, con quien había coincidido en la Epic Trail (le salió genial). Iba con muchas ganas de acabar las cien millas, después de dos intentos fallidos (el año pasado no llegó al corte de la primera bolsa de vida). Si hubiera apretado un pelín, hubiéramos coincidido en carrera. El caso es que yo tenía una motivación menor, y quizá lo que más me animaba e ilusionaba era que él terminase. Así surgió la idea de intentar ir a la par, a la marcha, corriendo lo que se pudiese. No tenía ni gota gana de pasar dos noches en vela, y quizá apretando más, lo consiguiese. Lo que pasa es que las intenciones se quedan a veces en agua de borrajas, como ya contaré después (soy lenta, y ya está, y cuanto antes lo asuma, mejor).
Fueron pasando las semanas, y justo en febrero, el martes día 25, la espalda me dio un jetazo que me dejó seca. Pero además sin hacer nada raro, un estiramiento a la hora de tomar café, y entonces noté que no podía apenas moverme, girar el tronco, y ni mucho menos girar el cuello. Ese día volví a casa con mucho dolor. Al día siguiente fui al fisio, que me apañó parcialmente. A poco más de dos semanas antes de la carrera, no sabía si el cuerpo me estaba mandando una señal, o si directamente, se estaba boicoteando a sí mismo.
El ánimo cayó a mínimos históricos, y surgieron más dudas que nunca. He de decir que probablemente sea la carrera que más dudas me ha generado antes de la salida. Me pasé los siguientes días sin correr nada, sólo bici, y no muy fina que digamos. Tenía algo menos de dolor, pero seguía con dolor. Y, de hecho, no me tomaba nada, porque no me servía de absolutamente nada. A la par estuve hablando con Xavi Moré, que iba a volver a intentar las 200 millas. En su momento me animó a apuntarme, pero, como decía al principio, la gestión del sueño me daba verdadero pánico (me veía que no hubiera podido dormir nada).
Con esa tristeza que iba y venía, sabía que eso justificaba la anulación de la carrera. No obstante, esperé a ver mi evolución, quizá se obrase el milagro, y además necesitaba darle el arranque de verdad a la temporada, y sentirme un poco mejor. En esos días se reveló el recorrido definitivo, y pude comprobar que era muy similar al del año anterior, salvo algunos tramos. El martes previo a la carrera pude por fin despedirme de los dolores, y aunque no estaba al 100%, ahí ya tuve claro que, salvo hecatombe, me plantaba en la línea de salida. Luego ya veríamos lo que hacía, pero me conozco y soy muy cabezona.
Jordi y yo habíamos hablado bastante, y yo ya tenía muy claro el recorrido, comparando con el del año pasado, y las diferencias que había entre ambos.
En azul, el recorrido nuevo, y en rojo, el recorrido del 2024
En líneas generales, los cambios eran los siguientes. Nada más salir, obviábamos la subida al Tossal de la Baltassana, que como poco ya había hecho tres veces (en la Trail Cat y en las dos Epic. Íbamos más directos, y salvo un pequeño quiebro en la Gritella, llegábamos a Albarca en unos 12 km, frente a los 23 km del año pasado.
Primer tramo modificado, hasta La Albarca
Alcanzado Albarca, íbamos a Ulldemolins esta vez dando algo más de rodeo, lo que suponían 15 km frente a los 6 del año anterior. Este tramo sufriría un nuevo cambio después:
Segundo tramo modificado
Desde Ulldemolins hasta el siguiente avituallamiento, la cosa cambiaba en varias partes del recorrido. En primer lugar, no hacíamos la zona donde me llegué a perder el año anterior, sino que dábamos una especie de rodeo. Los senderos se me antojaban fáciles a golpe de gpx studio, pero era mucho suponer. En un punto dado, recorrido antiguo y nuevo se unían.
Tercer tramo modificado, desde Ulldemolins
Alcanzado ese punto común, más adelante ambos caminos se volvían a dividir, en concreto en la Ermita de San Salvador, donde vi los perros, o más bien sus ojos, en mitad de la noche. En lugar de tirar para adelante, girábamos hacia nuestra derecha, y aparentemente el camino, aunque más largo, era más llevadero o más sencillo (más definido). Esto hacía que, en lugar de ubicar el avituallamiento en Margalef, se ubicara en Cabassers (Cabacés). Luego llegaba un momento que nuevamente ambos recorridos se volvían a juntar. Desde Ulldemolins hasta ese cruce, se recorrían unos 43 km, frente a los 35 del año anterior.
Cambio con respecto al avituallamiento de Margalef
Ambos recorridos discurrían a la par, pero hasta Capafons había tres cambios. El primero era que la parte encañonada (donde me pegué media hora o más dando vueltas) cogía un sendero diferente, antes de La Febró. El cambio en distancia era mínimo. Lo segundo que, alcanzado el refugio de la Mussara, se daba un cierto rodeo (que era bajar y subir), convirtiendo el tramo de 2 km del año anterior en uno de 5 km. Pintaba mal desde el gpx studio (y tenía razón, mucha razón). El tercer cambio hasta Capafons era el más notorio, y es que, en lugar de dar todo el pedazo de rodeo que dabas que te dejaba descolocada, pasando por El Bosquet, la cosa se acortaba bastante, pasando de 11 km a 5. Este tramo se me había atragantado, y confiaba que en eso me diese algo de vida.
Cambios antes de llegar a Capafons. En rojo, recorrido del 2024
El último cambio de Capafons hasta meta era mínimo, y es que se acortaba el camino ligeramente antes de subir al último punto. Yo de este cambio no era consciente, hasta que estuve en carrera.
Capafons hasta meta
No obstante, en seguida llegó un ligero nuevo cambio del recorrido, y es que el rodeo que se daba pasado Albarca se simplificaba en parte, debido al estado de los caminos. Además, es posible que, en esa misma modificación, llegase la variante mínima una vez pasado Capafons, porque no me suena que estuviese desde un principio: