Cuando el año pasado cruzaba la línea de meta de la Ehunmilak, tenía muy claro que quería volver para hacer el recorrido íntegro, no los 120 km en los que se quedó la prueba (tras el recorte por las tormentas del viernes noche). Pero eso no dependía de mí, la organización decidió que no iba a celebrar la prueba en 2016, y la verdad que me quedé preguntándome, y ahora, ¿qué?
Que te plantees qué correr porque te quedas sin la ultra que tenías en mente, desde luego no es un problema, las cosas como son. Y después de darle vueltas al tema, pensé en volver a la VDA que ya había corrido en 2022. Fueron mis primeras cien millas, fueron simplemente mágicas, y salieron a la primera. Es cierto que el recorrido apenas cambiaba, y eso me echaba un poco para atrás (me gusta abrir melones nuevos), pero el recuerdo era bueno, y no me importaba volver. Lo de “apenas cambiaba” ya lo matizaremos, ya, que en plano es una cosa y en persona, es otra.

Comparativo de ambos tracks: en azul, el de 2026, y en rojo, el de 2022
Con la decisión tomada, pues me lancé a la piscina y me apunté a la carrera, se lo comenté a Mónica Olivera. Por delante, la preparación habitual. Por circunstancias varias (por fechas, por no encajarme, por lo que sea), este año ha sido menos “cañero” en las distancias, y todas las carreras han estado por debajo de los 100 km, y las dos únicas ultras de cifras remotamente parecidas fueron la MiM (60 km) y la EHME (67 km). Por tema de kilometraje me preocupaba relativamente poco, pero por tema de gestión del sueño, me preocupaba un poco más, porque no había estado ni una sola noche en vela (ni falta que hacía, se podría añadir, supongo).
La caída de Peña Canciás (tuve un tropezón absurdo en una bajada cubierta por hojas, y me golpeé pero bien las costillas) me hizo llegar a dudar de llegar en condiciones, pero después de correr la EHME, y después el Trail de Hoz de la Vieja (corto, pero intenso), supe que eso había pasado a un segundo plano. No obstante, el dolor como tal no despareció hasta justo el día de antes (contaba con ello, porque la caída más gorda que he tenido sobre las costillas me provocó dolor durante mes y medio). Lo del día de antes suena a casualidad, pero supongo que los nervios hacían de las suyas y me hacían “relativizar” las molestias.
Ya enfilados en las dos semanas previas, me puse a mirar la web de meteoblue. Pintaba que el tiempo iba a ser bueno (nada de tormentas eléctricas), lo que reforzaba la “broma” interna que tenemos Lurdes Palao y yo: si vamos, hay garantía de buen tiempo. No es para menos: en el 2022 ambas corrimos la VDA, y se hizo completa, pero tanto en el 2023 como en 2024 se suspendió al poco de arrancar por tormenta eléctrica. Y en 2025 se hizo, pero con cambios sustanciales en el recorrido (se recorría principalmente el primer tercio, yendo y volviendo) por lluvias intensas. Y pintaba que, en 2026, salvo que la cosa se torciese en el último momento, que se iba a poder celebrar por completo.
La semana previa, el pronóstico no se alteraba, quizá algún chubasco aislado, pero ni esas. Ya me fui dejando todo preparado, tenía tres mochilas de vida, y aunque ponía los básicos en todas (calcetines, camisetas, Buff, baterías, algo de comida), la bolsa más cargada era la segunda, en el ecuador de la carrera, donde me planteaba cambiarme de ropa, y zapatillas, por si acaso.
Me cogí fiesta el viernes de la carrera, si no era imposible, pero no me cogí el lunes (porque no podía por tema de laboratorio). El viernes, una vez que estuvo ya todo listo, salí de casa sobre las 9:00, con idea de llegar a las 12:00. La recogida de dorsal la tenía pillada de 12:00 a 13:00. Me llevé conmigo un tupper con macarrones recién hechos, emulando lo que hice en el 2022.
El viaje transcurrió sin problemas, hasta que llegué a Graus. Decidí ir por Graus y Campo (en lugar de ir por Benabarre), porque el camino es algo más corto, y en su momento era un buen camino. La realidad fue que, justo cuando el camino se complicaba más, había obras (de ensanchamiento de la carretera). Y justo ahí pillé un camión de paja que me hizo bajar la velocidad hasta 30 km/h. Reconozco que me puse algo nerviosa, porque el tiempo transcurría demasiado rápido, y los km lentos. La verdad que lamenté haber cogido ese camino, y, como no podía ser de otra forma, llegué cerca de las 12:30 a Vielha. Yo quería llegar con tiempo por el tema del aparcamiento, pero bueno, es lo que había.
La otra vez aparqué en una gran explanada, pero en esta ocasión (como ya me contó Mónica), la explanada se destinaba, en parte, a la feria del corredor y también para la salida y meta de la carrera. Así que fui hacia la zona, pero primero intenté aparcar en las calles cercanas. No hubo forma, y me metí en la explanada que quedaba disponible. Estaba todo a reventar, incluso un coche atravesado impedía acceder a una de las calles (sospechaba que era un coche al que se le había ido el freno de mano, no era normal como estaba en medio de todo). Estuve a punto de desistir, salí, pero volví a entrar. Y se obró el milagro: un coche se marchaba, y aparqué en ese hueco.
Ya me fui a por el dorsal, vi un mensaje de Martin Scofield, que también corría la carrera (ha ido a todas las ediciones), que había aparcado hace un rato y que dónde estaba. Así que, cuando fui a por el dorsal, nos juntamos. Me acompañó al coche a dejar las cosas, y, casualidades de la vida, el coche aparcado a mi derecha era el suyo. Eso tenía que ser una señal.
Dimos una vuelta en la feria (no pude evitar picar en el stand de OTSO, lástima que no estuviese una falda rosa, agotadísima en la web). Nos echamos unas risas en el stand de X-Bionic (llevaba mallas de esa marca), cuando defendí a ultranza la marca con la mítica frase de “con buena picha, bien se jode”. Luego nos fuimos a comer a una de las zonas donde había hamacas, aunque por supuesto, no había disponibles. Ya se veían corredores preparados, con sus mochilas de vida, algunos probablemente habían dormido en otro sitio fuera de Vielha.

Martin y yo junto al arco de salida
Después de comer, nos fuimos a tomar un café a una cafetería, ahí vimos a un corredor francés super majo, un chico de color ataviado con una llamativa camisa que no se nos olvidaría. Lo fuimos viendo en carrera, por cierto.
Eran las 14:30, aún quedaba un rato hasta las 16:00. Así que nos fuimos otra vez al coche, y fuimos organizando las mochilas de vida. Yo las tenía apañadas, pero como hacía más calor del que me esperaba (esperaba 20 y tantos grados, pero eso era más de 30), decidí hacer un cambio de las camisetas, poniendo una más fresca en la primera mochila. Fue un acierto. En ese instante, cuando cerraba el maletero, una simpática avispa o bicho similar se me posó en el costado y me picó con todas sus fuerzas (y lo que me duró la roncha).
No tardamos demasiado en ir hacia el depósito de las mochilas, en la misma zona de los dorsales. Había una larga fila. En la fila, piqué a última hora con unos calcetines multicolores (me dijeron que tenían precio de feria, pero como pude comprobar después, era el precio normal y on line se encontraba más barato, de verdad que no sé cómo no aprendo). Cuando ya volvíamos de dejar las mochilas, me reconoció un corredor veterano de la Trail Cat (era el que se pegó una mega siesta en la primera base de vida). No corría la carrera, pero estaba de apoyo logístico de otro corredor veterano, Rubén, que también había estado en las Trail Cat.
Estuvimos “pajareando” un rato por la zona de salida, el calor era considerable, así que bebí agua de las fuentes que tenían para rellenar los botellines. Martin estaba con dudas de cara a la carrera por una molestia en la espalda, pero confiaba en que, conforme entrara en marcha, la cosa se mitigara un poco.
No tardamos mucho en acceder al corralito de salida. En total, 724 corredores daríamos la salida. Distaba bastante de los 437 que dimos la salida en 2022 (168 DNF, 269 finishers). Pero no todos llegaríamos a meta, son las matemáticas de la ultra distancia. Yo confiaba en poder hacerlo, y confiaba en poder hacerlo medianamente bien. Sobre todo, porque gran parte del recorrido lo conocía. Por supuesto, también cabía la posibilidad de que no fuese posible, en una carrera tan larga, puede ocurrir de todo. Pero de primeras, tenía cierto umbral de confianza.
Yo llevaba la chuleta de tiempos habitual, con los tramos, los km por tramo, y en un error de transcripción, los desniveles positivos y negativos acumulados por tramo. Prefiero los desniveles individuales, por fijarme esos objetivos, pero al final acabé mirando el acumulado y haciendo cuentas de lo que faltaba por subir o bajar. No llevaba los tiempos de paso del 2022, mayormente porque, con el cambio en el recorrido, algunas barreras horarias se modificaban. De hecho, no tenía ni remota idea de esos cortes del 2022, y es cierto que luego tuve que tenerlos en cuenta (ya llegaré a ese tema).
Ahí estábamos, en la salida, a plena solana, con Toñín speaker, que nos saludó. Los pros se ubicaban delante, detrás de una cinta, y los demás justo detrás, pero no éramos tantos, así que la salida se realizaba de manera global. Cada vez más nervios, más ambiente. Nos animaron a hacer el remo noruego agachados (en pleno mundial de fútbol, este gesto se había vuelto viral por parte de Håland, y lo pongo así, no como Haaland, que me da a mi que es la transcripción a alfabeto no noruego). Yo de verdad que, ajena al fútbol, no sabía ni de dónde salía ese gesto. Yo ya no veía el momento de arrancar motores.

Selfie con Rubén y Martin
Música emotiva, palabras emotivas, lagrimones de nuevo (no lo podía evitar). Martin hablaba en inglés con un par de compatriotas. Rubén, de la Trail Cat, estaba junto a nosotros. Últimas palabras, y con puntualidad británica, arrancamos a las 16:00. Comenzamos a correr, en medio de los vítores del público que asistía.
Estos primeros metros levitas. Te sumerges en una marabunta a un destino incierto, sabes lo que te queda, sabes lo que hay. Yo corría, con calor, sin los manguitos (los había llevado por si acaso). A mi par, me saludó un corredor, era Miguel, había coincidido con él en la CSP de Penyagolosa del año pasado, y en la MiM de este año. Intercambiamos impresiones. Martin tiraba para delante, y yo trataba de buscar mi ritmo.
Los primeros km diferían de la carrera del 2022. Básicamente, se tiraba hacia la cima del Montcorbison (2173 m) de manera más directa, obviando un bucle más largo y la cima del Montpius. Esos km ya los había recorrido hace poco, de manera inversa, en la maratón de Vielha-Molieres.

Primeros km diferentes: en rojo, track del 2022, y en azul, track de 2026

En verde, track de la maratón de Vielha Moliéres, que comparte km con la VDA de 2022
Los primeros transcurrían “fáciles”: los senderos eran llevaderos, una vez que pasamos por las calles de Vielha, de Casau, llegábamos a una zona boscosa, que poco después dejábamos a un lado para enganchar con una pista, el camino al Montcorbison. En esos km, volví a ver a Martin, que entablaba conversación con un par de americanos. Uno de ellos se llamaba Miguel, era de origen mexicano, y lo vería varias veces en carrera.

Dejamos los pueblos, zona boscosa

Camino al Montcorbison
La pista incitaba a corretear, aunque picase para arriba. Este tramo lo compartí en parte con Miguel, íbamos charrando de carreras pasadas, y me comentó lo que le pasó en la MiM (abandonó, no estaba cumpliendo con los tiempos que buscaba). Yo le dije que ni de lejos había conseguido el tiempo que hubiera querido, pero que, habida cuenta del calor que hizo, y del maratón de Zaragoza que había hecho 6 días antes, que a lo mejor hasta había conseguido mucho.
Dejamos a un lado el Refugio Eth Santet, y pronto ascendimos hacia la zona de cresteo (la que ya me conocía). Ahí corría el aire, se nubló levemente y casi hasta hacía fresco. Yo llevaba colgado en la mochila, atrás, el letrero que la organización te facilitaba con tu nombre bien grande, tu nacionalidad, y en el reverso, una especie de letrero que ponía “estoy durmiendo”. Era para que te lo pusieras cuando te entraran las soñeras de la muerte, y la gente no creyese que estabas muerto en la cuneta. Fruto del aire, el letrero empezó a moverse como un condenado, me daba en la cabeza y estaba hasta las pelotas. Le pedí a un corredor que si podía medio recogerlo, pero se acabó saliendo. Al final lo arranqué y lo guardé en un bolsillo. La zona de cresteo es espectacular, pero reconozco que tanto corredor me daba apuro por ir más lenta. Llegué a ver un soft flask de Salomon en el suelo, pero con tanto trajín, no pude recogerlo.
Después del cresteo tocó descender hacia el avituallamiento. Parte de esa bajada me sonaba, había pasado por ahí ya en el 2022. Las bajadas con tanta gente me agobian, así que fui poco a poco, disculpándome. La inmensa mayoría era comprensiva. Un corredor le decía a su mujer por el pinganillo “es que hay una corredora que tiene mucho miedo”. A ver, señor, miedo no, prudencia, que no tenía ganas de partirme la crisma. Corredores de diversas nacionalidades pasaban. Un sueco, un noruego... De cuando en cuando soltaba lo poco que sé de noruego para confraternizar con ellos. Justo antes de llegar, oí una voz conocida a mi espalda, y me llevé la sorpresa de que era Samu, el burgalés con quien compartí la Canfranc – Canfranc de 2022. No sabíamos que íbamos a coincidir.
Este avituallamiento no estaba en el 2022, en este caso descendíamos un poco más hasta la Bassa d’Oles (10,3 km), punto que alcancé a las 18:29. El corte horario estaba establecido a las 19:15. Apenas ¾ de hora sobre el corte, no esperaba otra cosa para el primer corte, que suele ser más justo. Aunque pasábamos junto al refugio del mismo nombre, el avituallamiento estaba montado en una carpa exterior. Aquí aproveché a comer sándwich de nocilla, así como algún cacho de barritas energéticas Näak. Bebí coca cola (que no falte) y rellené botellines. Usé el baño y ya salí de ahí, Samu estaba a mi par. El sitio era muy bonito y aproveché para hacer una foto.


Primer avituallamiento, Bassa d’Oles
Era una diferencia mayor con respecto a 2022, que tenía dos avituallamientos en esa zona: uno en Pomarola, en torno al km 10, y otro en Gelés (km 20). El rodeo era mayor hasta llegar a Artiga de Lin.

Antiguos avituallamientos de 2022, 20 primeros km
Seguí el camino hacia el siguiente avituallamiento, y la verdad que dio tiempo a bastantes cosas. Había muchos senderos “corribles”, pero había bastante tierra y se levantaba polvo, los ojos me medio lloraban. Aun con todo, era factible mantener un buen ritmo. En una de las bajadas iba súper concentrada, pero de repente, perdí el equilibro, y fui a parar al suelo. Esquivé la caída sobre las costillas, pero aterricé sobre la rodilla, me llevé un raspón, un moratón en la cadera (que vería después), y se me subió la bola a las amígdalas. Totalmente llena de tierra, me levanté como pude, me ayudaron un corredor y una corredora. Pero estaba bien, afortunadamente. Seguí bajando, con el freno pelín echado.
Además de zonas boscosas, pasamos por una pasarela, con una cascada preciosa a la vista. Pasé por una construcción, era un restaurante (Restau Benoît et Sandrine). Ahí había un punto adicional de agua, y aproveché para limpiarme un poco la herida y las piernas. Coincidí en ese punto con Davide, un italiano afincado en Valencia, que me recuerda mucho a quien sale en el anuncio de perfume solo Loewe de hace unos años, y con quien ya había coincidido también en Bronchales, la CSP y la MiM de este año. Rubén andaba cerca, también.

Restau Benoît et Sandrine
Poco a poco nos fuimos acercando al avituallamiento. Aún se podía apurar la luz del día, y tenía lógica, mi paso iba a ser en menos tiempo, por la diferencia de km con respecto a 2022. Pronto llegué a una pista, coincidí nuevamente con Davide, y alcancé el avituallamiento de Artiga de Lin a las 21:10. Era el km 24,6 (vs 32,3 del 2022, donde pasé a las 21:59). Llevaba ya 2.000 m de desnivel positivo acumulado. El corte horario estaba establecido a las 22:15. Lurdes me había dicho que, con suerte, igual acudía a verme en ese punto, pero ChatGPT le jugó una mala pasada con mi tiempo de paso teórico, y llegué cuando ella ya no estaba.

Últimas luces antes de Artiga de Lin. Atención a las nubes

Avituallamiento de Artiga de Lin
Invertí unos 11 minutos en el avituallamiento, situado en una carpa: comer bien (me tiraba al dulce: chocolate, sándwiches de nocilla, etc.), sacar el frontal, guardar las gafas de sol, sacar los manguitos y el cortavientos (que, de momento, me até a la cintura), ir al baño, beber bien. Ahí coincidí nuevamente con Miguel (ya no nos volveríamos a ver, tuvo que abandonar más adelante), y Rubén. No me entretuve demasiado y salí pitando, para sumergirme en la primera noche. El recorrido ya lo conocía, es quizá de las partes más técnicas, en mi opinión.
Ya habíamos visto alguna nube arriba, y los voluntarios nos avisaron que había niebla en la parte más alta, y que cargáramos el track. Emprendí la subida. Me encontraba bastante bien, y fui alcanzando a algún corredor, algunos ya descansaban en el lateral del camino. El sueño lo llevaba de momento bien. Alcancé a Martin Scofield. Con él había hablado previamente, medio en broma, medio en serio, que los 100 km “los bordábamos”, que ya los gestionábamos muy bien. Veríamos las cien millas a ver qué tal.
Ahí comenzó la noche toledana por excelencia. La niebla, conforme ganábamos altura, se fue volviendo más espesa. Hubo momentos en los que parecía lluvia, y me puse el cortavientos. Yo lo llevaba como extra, además de chubasquero reglamentario, porque el cortavientos transpira mucho mejor (de hecho, el de Dynafit que llevaba, además tenía algo de función repelente del agua, en su justa medida). Costaba ver las balizas, y eché en falta alguna más, sobre todo porque, alzabas la vista, y no llegabas a ver el reflectante de la siguiente. Íbamos todos callados y concentrados, yo mirando el reloj para seguir el track, aunque eso complicaba seguir el sendero.
En un momento dado, perdimos de vista las balizas, y el track nos llevaba campo a través, hasta que dimos por fin con el sendero más definido. Un corredor justo detrás me preguntó que por qué miraba el reloj, y le dije que porque llevaba el track. Este tramo se hizo complicado, y era consciente de que toda la ventaja inicial por los km de menos, la estaba empleando de más por las condiciones de visibilidad.
Alcancé el punto de control de Poilaner a las 23:53 (33 km, 3117 m + acumulados). En este punto había un GRG enorme con un par de grifos de agua. Yo empezaba a estar escasa de agua, pero había tal fila, y me estaba quedando tan fría, que desistí de llenar los botellines. Dos horas después alcanzaría el control de Coth de Baretja, a la 01:56 (39,5 km, 3576 m + acumulados).

Zona de Poilaner

Control de Coth de Baretja
No sería hasta pasado este control cuando las condiciones de visibilidad comenzaron a mejorar. La niebla parecía querer quedarse a un lado, y en tramos, el camino se despejaba. No tenía nada que ver. Volví a coincidir con Samu, también con Martin. El camino nos llevaba a través de una pista, que cogíamos a tramos, y en otros cruzábamos a través de senderos. Por la pista, un coche descendía desde el control.

Zona del Portilhon
Llegué al avituallamiento de Portilhon (km 42,6) a las 02:38, aquí había un corte horario a las 04:00 (a las 05:30 en el 2022, que en esa carrera era el km 50,6). No recordaba en ese momento mi hora de paso del 2022, pero tenía el pálpito de que toda la “ventaja” hasta Artiga de Lin (por mera diferencia de km), se me había esfumado aquí. No iba desencaminada, y aunque no lo sabía, comprobé después que desde Artiga de Lin hasta este avituallamiento estaba tardando unos 37 minutos más. En el avituallamiento estaba Martin, y ahí nos sentamos mínimamente. “Una cosica te voy a decir, y que no te sepa malo”, es el preámbulo que soltamos los maños para “decir algo que te va a sentar como una patada en los cojones”. Entre risas, le dije a una de las voluntarias “una cosica”, y era que, en ese tramo, había echado en falta alguna baliza más (Scofield estaba de acuerdo). Según me comentaba, de día se veía, “y que lo mismo hubiera dado poner una cada metro”, pero claro, no es lo mismo pasar de día, que de noche, y ya no te cuento, con niebla. Con que hubiera habido alguna intermedia, para poder ver el reflectante en la distancia, hubiera valido. Los pros pasan de día, pero el común de los mortales pasa de noche.

Avituallamiento de Portilhon
Yo no lo sabía en ese momento, pero en ese punto habría una buena sangría de corredores neutralizados, en concreto, 49. No nos queríamos entretener más, y después de recargar botellines (que buena falta me hacía) y comer algo, emprendimos la marcha hacia la bolsa de vida.
El tramo hasta Bossost lo compartí principalmente con Samu, al que volví a ver. Aproveché uno de los tramos llanos, en sendero que incitaba a correr, para hacer una serie de pantallazos a mis tiempos de paso del 2022. Me había dado cuenta de que, al margen de los cortes, que eran diferentes, necesitaba saber qué tiempo había empleado entre tramos, para hacerme una idea de si debía apretar más o no. Esa idea peregrina fue una buena idea, como pude comprobar horas y horas después.

Capturas de pantalla de madrugada
Una hora y media después alcanzaríamos las calles de Bossost. Entraba al avituallamiento y bolsa de vida de Bossost (km 48,6) a las 04:04 (corte horario a las 05:30). Aquí hubo 60 retirados.

Avituallamiento de Bossost
Entré con Samu, en el avituallamiento ya estaba Martin, y nos sentamos cerca de él. En el interior vi a Rubén, que me dijo que lo habían neutralizado en el anterior control por dos minutos, y que cómo había hecho para sacarle una hora (porque habíamos ido relativamente a la par). Realmente, le había sacado una hora en el primer control después de Artiga de Lin, pero en el punto de corte ya era hora y media. Parece ser que la niebla se había complicado bastante. La verdad que me dio rabia por él. Sé lo que fastidian dos minutos (ejem).
La idea original de Martin y mía era parar lo meramente imprescindible, tratando de ajustarlo a media hora. La realidad es que, después de la “mala” noche, se nos fue más tiempo de lo que esperaba: 43,5 minutos (apenas 25 invertí en el 2022). En todo ese rato, aproveché a varias cosas. Puse a cargar con la batería auxiliar el móvil y el reloj. Me cambié de calcetines, los que llevaba puestos son unos que tengo hace años de Dynafit, y vi que el talón empezaba a estar ya muy desgastado (no podré usarlos en carrera). Vi que en el lateral del talón izquierdo me empezaba a salir la misma ampolla de siempre (es recurrente), y traté de pincharla con una aguja que me dio Samu (es diabético, y lleva agujas para sus chequeos). Me coloqué un apósito tipo compeed en la planta del pie derecho, donde se me estaba haciendo una arruga que podía derivar en ampolla (otro punto débil, siempre, SIEMPRE en la primera vuelta del Aneto Posets me sale por fricción con las rocas). Además, parece mentira, pero cometí un error de principiante: decidí usar un sujetador deportivo Shock Absorber que tengo hace muchos, pero muchos años (de cuando empecé a correr), que se supone que son los tope gama de sujeción. Pues bien, las tiras que cruzaban atrás me estaban haciendo trizas la espalda. Con ayuda de Samu, me coloqué un apósito en la parte superior de la espalda. También me cambié de camiseta, la que llevaba estaba llena de tierra de cuando me había caído. Comí algo, aunque poco contundente (y eso que era un punto fuerte de avituallamiento), me tomé un café y fui al baño. Recuerdo a dos corredores árabes (de Kuwait) que, en el avituallamiento, ataviados con una toalla para taparse las rodillas en señal de decoro, se pusieron a rezar, un contraste de paz en medio de un frenesí de corredores de aquí para allá. Así se fue pasando el rato, hasta que finalmente salimos a la mar Martin y yo, Samu se quedó un rato más (y no lo volveríamos a ver). Lo que no hice fue lavarme los dientes, y eso que llevaba un mini kit, porque tengo sensibilidad en los dientes, y ya en la anterior VDA, recuerdo que se me generó un punto sensible, me temo que por el azúcar.
Salimos de ahí y comenzamos a trotar en la medida de lo posible, yo recordaba perfectamente que hasta Caneján era casi todo llano, salvo el repecho al pueblo que te lo cascan al final. Recuerdo que en el 2022 me entraron las soñeras de la muerte, y en esas estaba, que me estaban entrando otra vez. Cogí algo de delantera a Martin. A mi par estaba el francés de camisa colorida (ya no la llevaba, se la había cambiado). Fui trotando, haciendo fotos, como a una ermita en Les.

Ermita en Les
El recorrido era prácticamente el mismo, pero a las 5:49 me lié un poco y la inercia me hizo seguir recto por el asfalto, ya que justo estaba chequeando mis capturas de pantalla. Tocaba abandonar el asfalto y meterse en un camino de tierra, con algún tramo regulero que me hizo usar las manos para apoyarme. No obstante, pronto llegué a la parte que tiraba para arriba del pueblo.

Me lío y sigo por el asfalto
Llegué a Caneján (km 58,2) a las 6:44. Ya había amanecido. Sin recordar al 100% mi hora de paso en 2022, me sonaba que había llegado cerca de las 07:00 (recordaba bien), pero sobre todo recordaba la siesta de media hora que me había pegado en una especie de altillo del interior del recinto. Dentro del avituallamiento, algunos corredores emulaban la jugada que hice en su momento, y pensé que no iban a llegar al siguiente corte. Pero yo estaba bastante mosca. En su momento me fui de ahí a las 07:30, pero ahora el corte horario era a las 08:00, y no era opción tener sólo media hora de margen. Y fue un buen pensamiento, ya que en 2022 el corte había sido a las 08:45, algo que no recordaba. Así que reduje el parón a lo mínimo, con objeto de salir pitando antes de las 07:00. Martin no tardó mucho en llegar, y yo pasé por el baño antes de salir. A la salida, un hombre que iba animando a su mujer, una veterana ataviada con falda Otso, me volvió a animar, lo había estado viendo en casi todos los avituallamientos (aunque se acabaría retirando en Bahns de Trèdos). De hecho, no lo sabía en ese momento, pero no volvimos a coincidir. Yo estaba con el sueño que asomaba la patita, pero no me fiaba un pelo de los tiempos de corte. Ya era hora de guardar el frontal, sacar las gafas de sol, y el cortavientos me lo quité, porque fresco, lo que se dice fresco, ya no hacía.

Avituallamiento de Caneján
El siguiente avituallamiento estaba a 7,5 km, y daban como margen hasta las 09:15 para llegar. Me pareció que ese corte no estaba bien establecido: aquellos que apurasen su estancia en Caneján, lo tenían complicado para llegar a tiempo, salvo que corriesen, y mucho. Y los que estábamos a esas alturas, pues corríamos lo que corríamos. Es más, recordaba que en 2022 el avituallamiento estaba algo más cerca (como pude comprobar, a 5,9 km, y además había hora y media entre ambos cortes). Km y medio en montaña puede ser un mundo. Con esta evidencia en la cabeza, apreté todo lo que pude, y me puse a correr a todo lo que di de mi en la parte de asfalto. El pueblo por el que pasábamos quedaba a nuestra derecha, pero había que avanzar esa diferencia hasta el nuevo avituallamiento.
Llegué al refugio Era Honeria (km 65,6) a las 08:30, con sólo ¾ de hora de margen sobre el corte. Martin no tardó mucho en llegar, que también era consciente de lo justo de este corte. Ahí tuve un diálogo de besugos, que no me llevaba a ninguna parte, ya que no nos estábamos aclarando. Le pregunté a uno de los voluntarios que si los siguientes cortes eran más generosos, dado lo ajustado de este corte. Él me dijo que los cortes no cambiaban. Volví a formular la pregunta, lo que quería decir es si, por algún motivo, aquí era más justo, que en muchas carreras pasaba, aunque normalmente ocurre al principio, que quizá a lo mejor en los siguientes se daba más margen para los km. Pues vuelta la burra al trigo, que eran estrictos y no había concesiones. Me rendí, o me explicaba muy mal o no hablábamos el mismo idioma. El tiempo me dio la razón: en ese punto se neutralizó a 24 corredores, y no es que fuese un punto demasiado complejo. De hecho, Paula (Bueno) me dijo que le había sorprendido oír por el walkie los retirados en ese punto. Yo después de la carrera, me curré una hoja Excel en la que comparaba los tramos de 2022 con los de 2026, y en función de los cortes, hice un comparativo de los tiempos que daban para ciertos km. En el tramo Caneján – Torán, los cortes te fijaban una velocidad mínima de 3,9 km/h. En el tramo actual Caneján – Honeria, pasábamos a una velocidad de 6 km/h, la más alta de cualquiera de los tramos.

Avituallamiento del Refugio Era Honeria
Hice un comentario, en broma, de que yo sería capaz de tomar café del culo de un mono, y un voluntario me dijo que “no había café”, yo la verdad que no iba a pedir, pero me hubiera dado lo mismo. Abandoné el avituallamiento con Martin, a partir de ahí se convertiría en mi principal compañero de carrera, aunque en algunos tramos no nos viésemos. Me llené el tercer botellín, porque el siguiente avituallamiento completo estaba a unos 16 km, y sabía que era la parte más dura del recorrido, y además el calor, a esas horas, ya era de justicia.
Comenzamos a debatir el tema de los tiempos de corte. Éramos conscientes de que íbamos con menos margen que en 2022, así que adoptamos la costumbre de, en los llanos, trotar de aquellas maneras, y si picaba para arriba ligeramente, caminar rápido (Martin camina muy rápido). Ya en las bajadas, pues yo haría lo que pudiese. La idea era conseguir un margen de una hora sobre el corte, siendo conscientes de que podría necesitarse después. Otra cosa que comentamos fue que, desde 2022, no se había hecho el recorrido íntegro. Es más, este recorrido nuevo, con sus variantes, no se había hecho nunca, y eso hacía posible que algún punto de corte no estuviese bien fijado.
En el tramo de asfalto medio trotamos, estábamos a la sombra. En las zonas en las que caía agua, nos refrescábamos, yo iba mojando el Buff de la cabeza. Pronto el paisaje cambió, y cogimos el GR-211, y aquí Lorenzo no daba tegua. Me di algo de crema en los brazos. Me quedé algo rezagada. Cruzamos el río por un puente, y comenzó la larga subida en zigzag. El silencio era sepulcral, y el ritmo muy lento. Yo tenía a Martin a la vista, aunque no terminaba de alcanzarlo. Pasamos nuevamente por la señal en honor a un alpinista muerto (se lo había comentado a Martin, y no lo recordaba). Parecía una eternidad, pero por fin alcanzamos el alto del camino, junto al Estanh de Pica Palomèra. Yo, en un gesto automático, cogí agua con el vaso de una de las caídas de agua, estaba echando el trago, le pregunté a Martin, que descansaba a la sombra, que si se podía beber... Hasta que vi las vacas. Bueno, al final no pasó nada.

Precioso, pero caluroso
Proseguimos la marcha, yo estaba cansada, la falta de sueño estaba haciendo mella. Más o menos lo había ido manteniendo a raya, pero cuando llegué al control de las minas de Liat a las 12:03 (75,7 km), no podía más, necesitaba una tregua. No había avituallamiento como tal, pero, en aras de que no nos muriésemos deshidratados, habían traído un inmenso GRG con agua para que pudiéramos beber (Martin le preguntaba la capacidad, no recuerdo el número). Bebí, rellené, me refresqué, y le dije a Martin que necesitaba 10 minutos para cerrar los ojos, no más. Le prometí que sólo eso. Nos tumbamos a la solana (las moscas no veas lo que mordían), y conecté la alarma para dentro de 10 minutos. No llegué a dormir, pero me levanté bastante restaurada y reseteada. No volvería a cerrar los ojos en carrera.

Control de Mines de Liat
Salimos de ahí hasta el siguiente control, justo ahí cambiaba el recorrido con respecto a lo que conocía de 2022.
(CONTINUARÁ...)


Nos adentramos en terreno nuevo, 10 km desde el refugio anterior
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