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Carreras de montaña

Decidí vaciar el tercer botellín, y en ese momento, perdí el vaso blando que llevaba (uno de una de las Epic Trail, tengo dos iguales). No me di cuenta, claro, y comenzamos a bajar hacia el avituallamiento, en un sendero que permitía trotar bastante. Martin me tomó la delantera, y yo me empecé a rallar porque no encontraba el vaso (forma parte del control obligatorio). Resignada, seguí trotando. Me alcanzó un corredor, iba tapado de arriba abajo, de largo, me dio angustia, le pregunté si había visto un vaso, me dijo “¿uno negro con letras doradas?”. Yo, emocionada, le dije que sí, y cuando le pregunté que si lo había cogido, y me dijo que no, que pensaba que alguien lo había tirado, me quedé loca. Hombre, se te puede caer, pero si lo tiras, eres un cerdo, básicamente. Ahí empecé a rallarme aún más, y me dijo que tuviera picaresca española y que rellenase el botellín con cola cola. Que no era adivino, que cómo iba a cogerlo. A partir de aquí lo llamaremos “el chico del vaso”. Yo debo tener Diógenes, porque en una carrera vi un vaso, y lo acabé guardando. Yo estaba con el puñetero run run que me daba vueltas la cabeza, que si me hacían un control y no lo llevaba, que me penalizarían. El nivel de pajote mental que llevaba a esas alturas, madre mía. Estaba yo con esas que vi a lo lejos el avituallamiento de Còth de Varradòs, km 81,7, eran las 13:45. Superábamos el ecuador de la prueba, más o menos. El corte estaba establecido a las 16:00. Comprobé que Samu seguía en carrera, pero a una hora de distancia (se tuvo que retirar precisamente en ese punto por problemas en los pies). Ahí estaba Martin sentado, le dije lo del vaso (aún pregunté a un francés que si lo había visto, y otro que también pero no lo había cogido, también pregunté a los Kuwaitíes, que llegaron después). Creo que hubiera podido estrangular a los que lo habían visto, y lo habían dejado ahí. Pero Martin, un hombre de recursos, me cedió uno suyo, ya que llevaba uno extra. El que usaba era uno colapsable, de esos que son más recios que los de silicona de chichinabo.

Avituallamiento de Còth de Varradòs

Reconozco que me había quedado pelín corta con las barritas que llevaba, así que cogí unas cuantas gominolas y guardé alguna en una bolsa zip para ir dosificando. Me lavé las manos con jabón en un GRG a la entrada del control, como había echado las manos al suelo alguna vez, llevaba mierda para parar un tren. Me senté a quitarme las piedrecitas de los pies, y cuando consideramos que ya estábamos preparados, salimos de ahí a la par. Martin me describió el recorrido, picaba para arriba, pero era, mayormente, bajar hasta un lago y luego una subida fuerte hasta toparnos otra vez con el track original. Reconozco que, aunque llevaba ya km atrás recorriendo el nuevo track para mí, no lo reconocía muy diferente de lo que había visto en 2022, así que no terminaba de ubicarme. La diferencia, esa mínima diferencia que decía yo al principio, se traducía en que en el nuevo recorrido eran algo más de 13 km, con 850 metros de subida y 500 de bajada, vs. los 7 km de 2022, con algo más de 500 metros de subida y sólo 200 de bajada. Y ese cambio tenía el tamaño de África, en algún lado nos tenían que meter los km que nos habían quitado hasta Artiga de Lin.

El nuevo bucle en la zona de las minas de Liat

El antiguo bucle de las Minas de Liat

Las vistas eran espectaculares, la verdad que el recorrido “simplificado” de 2022 lo recordaba poco, pero este nuevo bucle ofrecía unas panorámicas que quitaban el hipo. Se estaba haciendo mucho más duro, pero había que reconocer que la belleza te hacía olvidar un poco lo que costaba. 

Terreno nuevo para mi

La bajada se me hizo pelín bola, era un camino algo desecho, con mucha tierra negra, y acabé con las piernas y las manos en perdición, cubiertas de esa tierra. Martin iba algo por delante. Llegamos a un lago, el Montoliu, daba un frescor que se agradecía, quedaba a nuestra izquierda. El corredor del vaso (desde que le había preguntado por el vaso, ya casi no me miraba, supongo que me tomaba por loca) estaba junto al lago, sentado, descansando. Yo seguí tirando para adelante, sin perder de vista a Martin. Y entonces comenzamos a subir, una larga subida, que poco a poco nos llevaba al track original del 2022. Comenzaba a reconocer nuevamente el terreno, pronto llegaríamos a una zona de túneles donde quedan vestigios de las vías del tren y las construcciones de cuando las minas estaban operativas. Es un entorno tan agreste como bonito.

Llegamos al antiguo track

Alcanzamos el control de Port D’Urets (km 90,2) a las 16:45. De manera oficial, ya habían transcurrido más de 24 horas de carrera. No había avituallamiento, pero sí que habían colocado de nuevo un GRG inmenso para que pudiéramos abastecernos de agua. Seguimos adelante, esta parte es muy peculiar (los túneles que comentaba antes). Hay una parte de bajada que es más complicada, ya que tienes que pisar piedras en forma de lascas, rojizas, quedando unas construcciones medio derruidas a mano derecha. Poco a poco el sendero va mejorando, y llega un punto en el que se puede correr. Martin volvió a coger delantera, y yo me sumergí en mis pensamientos.

Control de Port D’Urets

Todo el tramo de bajada hasta el siguiente control me lo pasé pensando seriamente si estaba dentro de tiempo. Había chequeado varias veces los puntos de paso de 2022, y yo sabía que había llegado a Montgarri a las 5 de la tarde. Reconozco que fue el punto de la carrera que más desmoralizada estuve, es que lo veía francamente complicado. Por supuesto que pasaron las 5 de la tarde de largo, y Montgarri ni aparecía. Pronto el sendero se transformó en una pista, donde troté lo que me permitían las patas. Al otro lado del valle veía corredores, ya no sabía si debía pasar por ahí, o si eran senderistas. Yo sabía que había que ir hasta el pueblo, y luego se volvía por el otro lado. Ya por fin vi la iglesia de Montgarri, mientras senderistas que había por la zona me animaban y aplaudían.

Mínimas variantes bajando hasta Montgarri

Alcancé el avituallamiento de Montgarri (km 99,6) a las 19:13, corte horario a las 20:45. Yo había pasado por ahí en 2022 a las 17:04 (corte de ese año a las 19:45). Es decir, llevaba un retraso acumulado de 2 horas y 7 minutos. Teniendo en cuenta que se cumplía el km 100 en todos los casos, y que lo que me quedaba ya era prácticamente calcado para ambas ediciones, tenía que remontar, como poco, media hora. Las matemáticas eran muy simples: en 2022 me sobró hora y media sobre las 48 horas, ahora me estaba pasando 2 horas, por lo que me faltaba media hora. Sí, es cierto que estaba hora y media sobre el corte horario, pero todavía quedaban algo más de 60 km con el circo de Colomèrs, y también iba con holgura en el 2022, y esa holgura no fue tanto en meta. Y otra cosa que se deducía también es que se nos daba una hora menos con respecto a 2022 para completar el remanente del recorrido. En líneas generales, la parte nueva de las minas me había ralentizado mucho, quizá por eso los cortes se habían modificado. La bajada a Montgarri también la había hecho más lenta, fruto del cansancio acumulado.

Avituallamiento de Montgarri

En el avituallamiento estaba Martin, y me llevé una sorpresa mayúscula. De hecho, la sorpresa fue mutua: ni yo esperaba encontrarlo (daba por hecho que me iba a tocar trotar en solitario), ni Martin esperaba que remontase en la bajada. Ahí estaba Carlos, un amigo suyo con el que yo también he coincidido en alguna ocasión (como en la Trail Cat de 2025). Ahí no le podía asistir, hasta que llegase a Salardú.

Martin y yo con la iglesia de Montgarri al fondo

Le comenté a Martin mis inquietudes con los cortes horarios. Él había ido prácticamente a mi par en 2022, pero decidimos que lo íbamos a dar todo hasta el final, tratando de establecer estrategias de km y horas para los controles que nos quedaban. No estaba todo perdido, y sabiendo lo que quedaba, podíamos ajustar con precisión quirúrgica lo que nos quedaba. Más allá de las piernas, íbamos a usar el cerebro, tirando de experiencia (la suya es mayor, pero yo la tengo también, al fin y al cabo), y sabiendo perfectamente dónde era conveniente apretar y dónde no merecía la pena.

Con ese pensamiento, salimos ya pitando dirección Beret. El camino era bastante llevadero, parte entre árboles y vegetación, sin llegar a tocar la pista paralela, parte en subida hacia la pista que nos llevaría a la estación de Beret. A nuestra par, muy cerca, los kuwaitíes, además de algún corredor puntual, el pelotón hace muchas horas que se había ido estirando.

Avituallamiento de Beret

Llegamos a Beret, km 104,7, a las 20:39, corte horario a las 22:15. Ya llevábamos 7500 m de desnivel positivo acumulado (quedaba más por bajar que por subir). En el 2022 Beret era punto de la segunda bolsa de vida (ahora teníamos 3), pero este año se había trasladado a Salardú. En su momento, estuve parada como 53 minutos, y recuerdo como un poco caótico el interior de la base de vida, porque no era una nave grande como la de Bossost, sino un restaurante con recovecos, donde no era sencillo encontrar hueco para sentarse. En esta ocasión, no había necesidad de parar mucho, apenas 10 minutos para reponer líquidos. Una voluntaria inglesa, que creo que nos había ido viendo, nos animó encarecidamente para acabar el resto del recorrido. Yo es que lo tenía clarísimo: salvo hecatombe o cataclismo nuclear, yo acababa, salvo que me echasen.

Salimos de ahí, yo ya había guardado las gafas de sol, además amarré el vaso de Martin al cinturón; no sacamos el frontal porque Martin creía que no haría falta, pero realmente, haría falta. En ese momento, un corredor justo detrás de nosotros nos preguntó que si podía acoplarse. Era Martin Drabble, un corredor argentino, muy joven, afincado en Barcelona. Con quien había estado corriendo se había retirado, y estaba solo. Y le dijimos que adelante, mejor en compañía. Como además no conocía el recorrido, le podíamos ir dando pinceladas. Comenzamos a trotar los tres, bajando por la pista, el tramo es muy sencillo, sobre todo la primera parte, y aunque las patas estaban bastante sobrecargadas, aún nos quedaban fuerzas para tratar de correr. Ahí me tuve que apartar del camino y parar a hacer pis, cosa que empezaría a ser habitual a lo largo de la noche, como me pasa muchas veces en ultras después de haber estado tomando sales.

Parada técnica a hacer pis

Tanto Martin como yo teníamos los recuerdos algo simplificados, y cuando vimos a lo lejos un pueblo, creímos que era Salardú, pero se trataba de Bagergue. Aún nos quedaba afrontar un tramo en el bosque, con tierra que levantaba mucho polvo a nuestro paso. Además, aunque habíamos trotado en solitario, en este punto confluimos muchos corredores. Al final no nos quedó otro remedio que sacar el frontal, mientras un corredor delante de nosotros iba a ciegas, jugándosela. Cruzamos un puente, que recordábamos, y finalmente accedimos a Salardú desde una especie de parking, hasta alcanzar el avituallamiento y segunda bolsa de vida.

 

Avituallamiento de Salardú

Llegamos a la sala cultural de Salardú (km 113,6) a las 22:43, corte horario a las 12 de la noche. Nos sentamos en una mesa, y Carlos nos echó una mano. Estaba atento a nuestras peticiones, nos quería ayudar a toda costa. Yo es que no suelo recibir ayuda, salvo la de Mònica en la Ultra Pirineu, y no estoy acostumbrada. El vaso que me había amarrado al cinturón estaba repleto de hojas y tierra, tocó limpiarlo. Comí algo (pero poco, se me estaban quitando las ganas de comer), me cambié de calcetines, unos cortos de Otso que fueron un error total. El compeed se me había movido de tal forma que me molestaba más que me ayudaba, así que me lo quité. A estas alturas de la carrera, el panorama de corredores era dantesco, con pies blancos de la humedad, ampollas y olores varios. Volví a ver a los kuwaitíes rezando, y me acordé de mi cinta de la Virgen del Pilar, de la que tironeaba de cuando en cuando, en carrera, recordando a mi yaya María, y deseando que velase por mí.

Optimizamos el tiempo en la medida de lo posible, y estuvimos parados unos 36 minutos. Yo tenía ropa de recambio en este avituallamiento (mi idea original era cambiarme de ropa por completo), pero olía tan mal, tenía tanta mierda en las piernas, y estaba tan cansada, que decidí seguir con lo puesto. Y con lo puesto que salí. Yo llevaba los labios en perdición, totalmente resecos y machacados de las horas. Nos esperaba la segunda noche, que con suerte sería menos toledana que la primera (por lo menos, no esperábamos niebla). Mientras salíamos, volví a ver a Davide, a quien le di ánimos.

Comenzamos a corretear por las calles, estuvimos chequeando los tiempos de paso del 2022, donde yo había tardado unas dos horas en llegar al siguiente avituallamiento. Llevaba el cortavientos, me lo quitaría y pondría alguna que otra vez. Ya dejamos el asfalto y nos adentramos en los senderos paralelos a las corrientes de agua. Esta parte es espectacular, en la PDA de 2021 pude verlo, pero de noche era imposible apreciar la belleza del paisaje. Al poco, nos alcanzó Martin el argentino, le habíamos perdido la pista en la bolsa de vida, y por fin volvía con nosotros. Creo que fue en ese tramo cuando apareció Ludvig Dickman, un sueco que yo pensé que nos iba a adelantar, pero pasó a formar parte de nuestra curiosa grupeta: un inglés, un argentino, un sueco y una medio noruega, se encuentran en un camino. Ni que fuera un chiste de Eugenio.

Además de tener que parar a mear, tuve que aflojar porque me estaba dando la sensación de que se me subían las pulsaciones. Las tenía como a 120, pero tuve que relajarme un poco y recuperar el aliento. Perdí de vista a mis compañeros, y hubo un momento que no sabía ni si iba en el camino, ya que no veía cintas. Como vieron que tardaba, un poco más adelante me estaban esperando. Poco a poco, fuimos salvando la distancia hasta el siguiente avituallamiento. Me di cuenta que la elección de calcetines de la bolsa de vida no había sido la mejor, los que llevaba de Otso, unos de caña corta, me “bailaban” demasiado, no se ajustaban bien, y eso podía acabar como el rosario de la Aurora. En tiradas cortas no me había pasado, claro. Spoiler: aunque me rozaron algo, el desaguisado fue menor del esperado.

Avituallamiento de Banhs de Tredòs

Llegamos al avituallamiento de Banhs de Tredòs (km 122,4) a las 01:36 (corte horario a las 02:45). El retraso acumulado con respecto a 2022 se había reducido un poco desde Beret hasta Salardú, pero se había restablecido nuevamente desde Salardú, básicamente porque el parón de la bolsa de vida se había producido en Salardú y no en Beret. La parada fue de apenas 5 minutos, y pedí algo caliente, pero no había vasos de cartón, y a mi me da como cosa usar los vasos blandos para eso (traté de razonarlo con una voluntaria, que decía que no pasaba nada, aunque no tengo yo tan claro que no haya migración de según qué plásticos con bebidas calientes). Me puse el cortavientos nuevamente, y también saqué los guantes, y salimos de la carpa dispuestos a enfrentarnos al tramo más loco del recorrido, que era el circo de Colomèrs.

Tramo de circo de Colomèrs

Salí pelada de frío, los dientes me castañeaban, así que apretamos un poco el paso para entrar en calor, al menos en el escaso tramo de pista que teníamos por delante. Lo loco del circo de Colomèrs es que es una especie de bucle, que como en nuestro caso hacíamos de noche, te descoloca un poco por la cantidad de frontales que llegas a ver en la lontananza, en otros senderos que intuyes que están, y no sabes si son corredores que están por delante o por detrás. Hablé con Martin Scofield, yo había tardado casi 5 horas en 2022 para llegar hasta el control de Colomèrs. Eso era una barbaridad de tiempo, nos dejaba fuera del control, hasta que caí en la cuenta de que me había echado una minisiesta en su momento en Banhs de Tredòs, cerca de media hora. Si nos lo proponíamos, podíamos intentar cubrir la distancia en 4 horas. Martin se había puesto demasiada ropa, y tuvo que quitarse alguna capa.

Con esa premisa, comenzamos a abordar el terreno más técnico. En un momento dado, uno de los kuwaitíes me pidió pasar, y cuando se me puso delante, me quedé ojiplática: olía muy bien. A esencias o perfume árabe, pero era simplemente increíble. Y con la espontaneidad que me caracteriza, no pude evitar decir que olía muy bien, que era un buen perfume. Se echó a reír, y dijo que tenía mérito después de casi dos días corriendo, y que se había puesto ropa limpia. Yo es que ni con ropa limpia, lavada con Perlán, remontaba el olor a choto que emanaba de mi ser. Los dos kuwaitíes hablaron un rato con Scofield, creí entenderles que eran de Omán realmente, pero no lo tengo muy claro, no estaba ya en mis plenas facultades.

En Estanh Obago (km 129,2) pasamos un control a las 04:12. Yo no lo sabía en ese momento, claro, pero en 2022 pasé a las 02:23, por lo que el retraso de tiempo acumulado se había reducido un poco desde las 2 horas 7 minutos que yo llevaba en Montgarri. Hubo un momento en el que yo acabé trotando con Martin argentino, mientras Martin Scofield estaba un poco más adelante con el sueco. Yo le explicaba un poco a Martin las cosas que recordaba, y que en la PDA de 2021 había visto el recorrido de día (además hacíamos un bucle más largo). En esto que no sé qué hice, que perdí el equilibrio y me caí en un tramo que combinaba tierra y césped. Y frené con el costado malo, el izquierdo, como no podía ser de otra forma. La caída no fue especialmente dolorosa, pero se reactivó ligeramente el dolor de costillas de esa zona. No fue a más.

Control de Estanh Obago

Unos carteles anunciaban el refugio de Colomèrs como a media hora, y yo me vine arriba, pensado que íbamos a llegar a una hora cojonuda, en las 4 horas estipuladas. Hasta se lo dije a Martin argentino. Lo que me había olvidado es que el avituallamiento está en el nuevo refugio, no en el antiguo. Pasamos junto al edificio, pero no era ahí, claro. Es más, en 2022 no se pasaba por ahí.

Pequeña variante al paso por el refugio de Colomèrs antiguo (rojo, track del 2022; azul, track de 2026)

Ya empezaba a clarear. Pasamos, otra vez, junto a un edifico, que era el Refugio Vielh de Colomèrs. Aquí todo se llamaba igual. De este edificio me acordaba, porque luego pasas por una larga pasarela que cruza el lago. Es curioso que, a pesar de lo dispersos que habíamos corrido horas atrás, en este tramo estábamos como todos apelmazados.

El refugio que no llega

Pequeñas variantes del track

La parte final antes de llegar se me hizo bastante pesada, el terreno no era de lo mejor, y me costaba llevar el ritmo. Pero, al menos, parecía oírse un generador, el avituallamiento estaba al caer. La disposición de este hace que sea complicado verlo hasta que prácticamente estás encima de él.

Llegando al avituallamiento de Colomèrs

Llegamos al avituallamiento y control de Colomèrs (km 134) a las 06:05, corte horario a las 07:00 (en 2022 el corte era a las 06:00); entramos al interior de la carpa, la verdad que ya llevaba horas que comía como un pajarillo, porque tenía un poco de revoltijo ya de tantas cosas. Me tomé un caldo Aneto, que la verdad me sentó muy bien. Como estaba amaneciendo, guardé el frontal y saqué las gafas de sol. De hecho, la noche cerrada había sido realmente corta, al igual que la anterior. Nos sentamos un rato, recuperamos algo de fuerzas, y salimos para afrontar los últimos 30 km.

Comenzamos a caminar a paso ligero por la larga pista de subida, tratando de trotar a ratos, porque el camino lo permitía. Fue de los momentos más emotivos de la carrera, con resaca por culpa de la falta de sueño, estábamos en plena exaltación de la amistad, agradecidos por la compañía mutua y las penurias compartidas. Martin el argentino nos lo agradecía de corazón, confesaba que iba a ser padre (era pronto para anunciarlo, pero ya puedo decirlo porque ha pasado suficiente tiempo), le dimos la enhorabuena. Ludvig hablaba de sus hijos (es joven pero los escandinavos son tempraneros en eso), en fin, que juro que estaba con la lagrimilla que quería asomar, porque de verdad que había sido una carrera dura, pero había vivido unos momentos de compañerismo como nunca, y la verdad que creo que no hubiera sido lo mismo, igual no hubiera sido ni posible llegar tan lejos.

La larga pista giraba después hacia la derecha, por ahí andaba también el corredor al que le pregunté por el vaso, que iba siempre solo y la verdad que nunca decía nada. Yo estaba con el cortavientos a punto de quitármelo, al final lo hice porque el sol ya empezaba a calentar, pero, tal y como me había pasado en 2022, la parte en la sombra me hizo tiritar de frío, los amaneceres suelen ser muy frescos. Tenía sueño y se me cerraban los ojicos, no era para menos, pero me tomé una pastilla de cafeína y remonté. Esa es otra: el sueño. Increíblemente, había lidiado con él bastante bien, a base de geles de cafeína, y unas maravillosas pastillas de cafeína y Taurina que me habían dado en la bolsa del corredor de la MiM, de la marca Nutrinovex. Mano de santo, estos valencianos sí que saben (guiño guiño). Con los tiempos tan ajustados, este año no había tenido opción de ninguna siesta. Y, curiosamente, no había habido grandes alucinaciones, no como otras veces.

Llegamos a una construcción, ahí toco coger un tramo de sendero más estrecho, hasta que llegamos al avituallamiento y control de Mont-Romies, km 144,3, a las 09:04. Ahí sí que me quité el cortavientos, ya tenía calor. Ludvig empezó a bajar enseguida, y yo me quedé más rezagada.

Control de Mont-Romies

La bajada hasta Arties se hacía por una pista para BTT, terrosa y algo empinada, que me dejaba los pies machacados, me fui sujetando con los bastones y fui bajando como buenamente pude. Estaba bajada cambiaba con respecto a la de 2022, nos ahorrábamos 1 km (menos daba una piedra), pero prácticamente ni lo noté.

Bajada a Arties en 2026 (2,47 km)

Bajada a Arties en 2022 (3,54 km)

Estaba llegando prácticamente al final del sendero, y de repente me topé con un camino, y por la izquierda, venían corredores, muchos corredores. ¿Me había confundido de camino? ¿De dónde salían? Estaba más sorprendida que los conejillos del canal imperial cuando los iluminas de cara. Tardé unos 30 segundos en hacer sinapsis neuronal, y entender que eran corredores de una de las distancias menores. No me había incorporado al camino aún, cuando vi una cara conocida, era Ana Revilla, la estaba corriendo, me reconoció y me lanzó un grito de ánimo.

En verde, track de la EXP (32 km), carrera con la que me topé

Ya una vez en el camino atisbé a ver los dorsales, donde ponía EXP. No sabía qué distancia era, pero después supe que eran 32 km con 2.100 de desnivel. En el punto que me topé con ellos, era su km 16, así que podréis imaginar que los estados físicos de unos y otros diferían mucho del mío, que llevaba casi 150 km en las patas.

Fue... curioso. Los corredores zumbabas a mi alrededor, me pedían paso, me miraban raro como si fuese un walking dead. Alguno miraba de soslayo a mi dorsal, y entonces comprendían por qué iba tan lenta. Otros me daban la enhorabuena, hasta alguno aplaudía. Alguno me preguntaba si estaba bien, yo les decía que mayormente estaba cansada. Aún llegué a cargar el track de la carrera, porque juro que pensé que mi camino no podía ser ese. Pero lo era, sí que lo era. Poco a poco, fui alcanzando la parte asfaltada de Arties. A lo lejos, y con paso renqueante, vi a Davide. Lo alcancé, y me reconoció el rato que había perdido dejando pasar a corredores. Estaba hasta las narices, y reconozco que para mi había sido un poco “agobiante”. Más que nada, porque el crono avanzaba, y el corte horario no estaba demasiado lejos. De hecho, el corte horario de esos corredores era bastante más generoso que el nuestro (lo tenían a las 12:15), razón de más para agobiarme el tener que aflojar.

Alcancé el avituallamiento de Arties (y tercera bolsa de vida), km 148,8, a las 10:16, siendo la barrera horaria a las 10:45. En 2024 esa barrera era a las 10:30. Yo estaba achicharrada, el sol daba sin tregua, y la gasolina estaba justa. Entré al pabellón, fui a por mi bolsa de vida. Ahí estaban los Martin, también Ludvig, todos ellos salían en breves. Scofield me preguntó si estaba bien, le dije que sí, pero es cierto que se me había ido más tiempo del que me hubiera gustado en el último tramo. A él le había entusiasmado coincidir con la EXP, le habían dado muchos ánimos, yo no había tenido el mismo feeling, no soy partidaria de cruzar rápidos y lentos. Me dijo también que ahí estaba el escoba, pero reconozco que no me preocupaba, sabía que podría recuperar algo en el siguiente tramo. No lo sabía en ese instante, pero ya había empezado a recuperar algo del exceso de horas con respecto a 2022, y en lugar de llevar 2 horas de más, ahora estaba en 1:44:47 de más.

Avituallamiento de Arties

Metí los prescindibles en la bolsa de corredor: Buff del cuello (conservaba el de la cabeza), manguitos, cortavientos (conservaba el chubasquero reglamentario) y me cambié de calcetines. Por desgracia, tenía unos del mismo tipo, que no quise ponerme, y me tuve que poner unos que llevaba más largos, que tuve que remandar un poco porque llevaba los gemelos y los tobillos como columnas dóricas (que no jónicas o corintias).

Me fui al baño, mi cara era un poema de tierra negra (ya me lo había avisado Martin), me limpié como pude, me puse crema solar, y algo de cacao en los morros, que llevaba completamente destrozados por efecto de los elementos (horas que llevaban así). Fui a mear. Y entonces, ¡sorpresa! Mi amiga la regla, a la cual esperaba de manera inminente, había decidido no respetar la ultra y venir justo en ese momento. 

Yo me había llevado recambios, por si acaso, pero fui a las voluntarias, en los avituallamiento había pack “mujer” con productos sanitarios. Me dio toallitas y para cambiarme. Esperaba que ovario furo me respetara, lo último que quería hacer era tener que tomar un ibuprofeno. Y ya por fin salí de ahí, sería en torno a las 10:30.

Empecé a medio trotar por las calles. Me crucé de enfrente con las mujeres de los corredores kuwaitíes, mi cabeza se acordaba del olor a jabón, y hasta me dieron ganas de preguntarles la marca. Yo sabía que tenía un buen trozo de llaneo, y que luego tenía una subida bastante gorda, así que aproveché para correr algo. No llevaba un ritmo frenético, pero me bastaba. Algún corredor de la EXP aflojaba, a uno lo animé a correr, le dije que, si yo podía, él seguro que también. Ya alcancé la subida empinada, aquí se notaba el esfuerzo, muchos aflojaban el paso, otros resoplaban. Yo, dadas las circunstancias, y los km, no me vi mal del todo.

A mitad de subida me encontré con Martin argentino. Había tenido que aflojar, Scofield había tirado para adelante. Iba recuperando el aliento, le animé a seguir. Ya por fin, después de esta larga cuesta, alcancé la parte más despejada, en el llaneo que me llevaría al avituallamiento. Hice alguna foto, empecé a pensar en Paula y Estelita, a las que esperaba ver y abrazar en el avituallamiento, como en el 2022. El calor era considerable y mojé alguna que otra vez el buff de la cabeza. En ese tramo, me alcanzó Martin, iba con un compatriota argentino, me dijo que si me unía, dije que no, en realidad quería decir que sí, pero yo lo que quería era correr, pero no podía. Yo no veía a lo lejos ni a Paula ni a Estela, y me extrañó.

Camino de Santet Escunhao

Alcancé el avituallamiento de Santet Escunhao (km 154,3) a las 12:28. El corte horario era a las 13:15, dato que no recordaba. Ahí, una voluntaria me confirmó mis sospechas: ni Paula ni Estela estaban ya, se habían tenido que marchar. Yo había pasado por ahí a las 11:08 en el 2022. Sin recordar este dato, el desfase de más de dos horas que yo llevaba en Montroig ahora pasaba a 1:18:52. Y eso cambiaba mucho las cosas, estaba haciendo factible terminar la carrera en tiempo. Pero, si soy sincera, desde Montgarri no me había parado a pensar en si ese desfase había mejorado mucho o poco, simplemente iba concentrada en hacer cada tramo adecuadamente, deseando llegar hasta el final.

Avituallamiento de Santet Escunhao

En el avituallamiento estaba Scofield, sentado en una silla. Yo también me senté y me tomé un vaso con vitaminas y magnesio, que había arrastrado toda la carrera, pero no me había animado a tomar. Comí un poquito, me refresqué algo. Ellos ya salían, pero yo salí un poco después. Con 9.900 m de desnivel positivo en las patas, “sólo” me faltaba el último repecho, 442 metros. Parecía hasta poco.

La larga fila de corredores subía poco a poco hasta la Tuca Meddia, al principio me pareció que la cumbre estaba más cerca. Ahí estábamos un buen puñado: mayormente los de la EXP, con los últimos de la fila de la VDA. Yo avanzaba poco a poco, concentrada, con el sol dándome de pleno, sudando la gota gorda. Me venían a la cabeza los entrenos subiendo las Planas de Cadrete a plena solana, los calores de Zaragoza, y me di cuenta de que, quieras o no, eso también se entrena. No me quedaba mucho cuando me encontré en un lateral del camino a los Martin: el argentino había tenido que parar, y Scofield estaba esperando a que recuperara. Le pregunté que qué tal estaba, y seguí, les dije que probablemente me alcanzasen en la bajada, que era lo más normal que ocurriera. Un corredor de la EXP soltó un “buen sitio para pararse”, a lo que repliqué “es que lleva dos días corriendo, coñ*”. Pues eso. Un corredor de la EXP iba pegado a mi, lo invité a adelantarme por si le estorbaba, pero le iba bien, aunque después sí que me adelantó. Le pregunté a un corredor que qué tal iban ellos (para hacerme una idea). Su corte horario final era un cuarto de hora antes que el nuestro (no lo supe en ese momento), quería hacerme a la idea de si les estorbaba o no, pero me dijo que iban bien, que no me preocupase.

Toqué cima de la Tuca Meddia (km 156,2) a las 13:33. Yo sabía que ya era todo bajada, hasta el final, y que tenía hasta las 16:00 para hacerlo. Y sabía que 8 km en 2 horas y media los podía hacer. El primero tramo, el más empinado y terroso, me hizo aflojar mucho, las patas estaban francamente sobrecargadas (no es para menos). Solté un juramento, y una corredora se dio la vuelta, y con toda su buena voluntad, entiendo yo, me dijo que “si conocía el magnesio”. Debí de lanzar una mirada furibunda, pues claro que lo conozco, chiquilla (tomo a diario), pero a lo mejor 150 km tenían la culpa.

Cima de Tuca Meddia

Ya luego el camino mejoraba bastante, lo que pasa es que llevaba un trote cochinero, y me podía dar con un canto en los dientes. Un voluntario nos ofreció agua para remojar la cabeza, y no dudé en refrescarme. Más adelante, y alcanzando una zona verdosa, distinguí a lo lejos a un veterano, se ayudaba de los bastones para marcar el paso, y le seguí el ejemplo. Ya llevaba un buen rato con el lateral interno de la rodilla derecha algo sobrecargado (es mi punto débil), así que los bastones me venían bien para no cargar tanto. No tenía nada que ver con la PDA que hice en 2021, donde ahí se podía correr, pero bien a gusto. También alcancé a Davide, le animé ya en lo que era nuestro último tramo.

En la zona boscosa me pasaría un corredor indio de la VDA, además de corredores de la EXP, como era lógico, y el corredor “del vaso”. A este le dije que ya estaba casi, y ni hablaba, estaba como ido. Yo en la edición de 2022 había sufrido bastante aquí por una uña negra, pero ahora no llevaba tan mal los pies, así que pude llevar mejor el paso. Casi llegando al final, me pareció escuchar a Scofield, les lancé un chillido, pero no me escucharon, y yo no los veía.

Por fin alcancé el asfalto, comencé a caminar para atusarme un poco las trenzas, y ahí empecé a sonreír, a pesar de los labios partidos. La entrada se hacía de manera distinta, más directa, ya lo tenía al alcance de la mano. Justo antes de llegar, me vio Toñín speaker, que me anunció como “la Hansen”, me preguntó por Scofield, y le dije que tenía que estar al caer. Un señor me grabó y animó por mi nombre, pensé que era alguien de algún avituallamiento (la cabeza, que no me daba más) y resultó ser un amigo de Bernat Loomans (que había corrido la CDH de 100 km). El corredor del vaso entraba en meta justo delante de mi (después le felicité y le dije que qué tal estaba, me reconoció que estaba en piloto automático y recordándose que debía beber agua).

Por fin alcancé la meta en Vielha (km 162,8) a las 15:36, después de 47:35:32 de carrera, esto es, 1:11:58 más que en 2022, 25 minutos antes del cierre de meta. Toqué la campana frenéticamente, mientras un frente de endorfinas me invadía el cuerpo. Y de nuevo, ahí estaba, Mónica Olivera, para recibirme y ponerme esa ansiada medalla. Nos dimos un abrazo inmenso, y ya nos apartamos de la meta.

Meta en Vielha, me marcaban 167,9 km

Mientras le contaba atropelladamente cosas de la carrera, nos fuimos a la zona donde me podía lavar las manos. Me hizo foto finisher y pasé a la carpa con la comida. Ahí fui a por una hamburguesa. Al poco llegaron los Martin, Ludvig se había adelantado y había llegado antes que nosotros. Me senté con los Martin, y Martin argentino le agradecía a Scofield la gran ayuda recibida en ese último tramo, que había sido bastante aciago. Se deshacía en elogios, nos dimos las gracias, y la verdad que sentimos como nunca el calor de un equipo. Davide entró poco después, y emocionado me daba también las gracias. Era impresionante todo aquello, lo juro. Se me ponen los pelos de punta de recordarlo.

Foto finisher

Fui a por mi chaleco finisher, y poco a poco tocaba marcharse, el cierre de meta se aproximaba y no tardarían mucho en cerrar la carpa. Además, intuía que, del último esfuerzo, estaba al borde de la exanguinación, y no iba muy desencaminada. Quise ir a por una camiseta que se me había metido entre ceja y ceja de la feria de corredor, pero la feria estaba cerrada desde el sábado. Así que Martin y yo nos fuimos a por las mochilas de vida, y de ahí al pabellón donde estaban las duchas. Por el camino aún volvimos a ver a Martin argentino, estaba con su mujer y unos amigos.

En el pabellón se me empezaron a mover las tripas que no veas, pero me recompuse (después de ir al baño), y me metí en la ducha. Una uña (que ya había perdido y empezado a crecer) volvió a perderse. Tenía alguna ampolla, y más mierda que el rabo de una vaca. Pero fue recuperadora. Me tomé mi tiempo para quitar todos los rastros de tierra negra y sudor. Salí al exterior, Martin se había tumbado en una zona de césped, llevaba idea de dormir algo antes de marcharse a Huesca. Yo me tumbé también, me llamó Mónica Orò, hablé un rato con ella y después traté de dormir, pero la cafeína en mi cuerpo no estaba de acuerdo. Estuve un rato leyendo los mensajes del grupo del Andadaeh, así como hablando con mi padre y avisando que estaba sana y salva.

Al final decidí marcharme, Martin estaba frito y no lo quise despertar. Me monté en el coche, salí de ahí sobre las 18:30, después de avisar a Raúl, y como vi que estaba algo amodorrada, me paré en el primer pueblo que vi en el que supuse que encontraría un bar. Aparqué, y dudé entre una cabezada o tomar algo, y opté por tomar algo, en concreto en el bar Siscarri de Vilaller. Ahí me tomé un Aquarius para hidratarme, y un café con leche para despejarme. Una mezcla cojonuda, pero que, junto a la charla con los tertulianos, me sirvió para despejar mucho la cabeza, y alejar el fantasma del sueño. Retomé el camino, pero esta vez opté por ir por Benabarre, pelín más largo, pero seguro que no pillaría las obras de la ida.

Me costó unos días dejar todo en orden y recuperar el sueño, y, sobre todo, asimilar lo conseguido. De todos los que habíamos salido, 363 personas tuvieron que abandonar, y 361 atravesamos la línea de meta. Y en mi caso podía decirse que se debía prácticamente a mi cabeza. No soy mejor corredora, ni la que más en forma está, ni mucho menos la más rápida, pero podía decirse que lo había conseguido gracias a mi cerebro. Y eso le pasaba a Martin, lo hablábamos después. Lo habíamos conseguido gracias nuestra experiencia, al conocimiento de los tramos, y sobre todo porque habíamos pensado, tramo a tramo, el terreno que debíamos cubrir para lograr terminar en tiempo, sabiendo hasta qué punto nos podíamos permitir lujos.

Yo no esperaba superar las emociones de la VDA primigenia, las que fueron mis primeras cien millas. Pero la experiencia superaba enormemente las expectativas. Había sido una carrera mucho más dura de lo esperado, con momentos complicados, con pensamientos intrusivos (sobre todo bajando a Montgarri), y con dudas de conseguirlo. Pero había sido también altamente gratificante, y sobre todo emotiva. Probablemente había sido la carrera más satisfactoria a nivel compañerismo. Estoy acostumbrada a rodar en solitario en las ultras, aunque es verdad que casi siempre las segundas noches las hago acompañada, pero lo vivido en esta carrera, superaba cualquier experiencia previa. Y la verdad, estaba orgullosa. De la grupeta, de cómo había ido llevando el sueño, y de cómo había ido logrando superar los tramos. Había sido ÉPICO y GRATIFICANTE.

Tengo mucho que agradecer, muchísimo. A mi gente, por los ánimos desde el corazón, por el seguimiento por los mensajes, juro que los vi, no pude leer todo y después los fui respondiendo (Mónica Orò, Clara, Lurdes, Elsa...). A mi familia, a Raúl, sé que es y será una “afición complicada”, difícil de explicar y muy difícil de entender, pero soy feliz corriendo, y más feliz volviendo a “mi refugio”. A Mónica Olivera, por su preocupación, por su recibimiento en meta, por ese apapacho que tanto ansiaba. A los voluntarios, por vuestra valor encomiable e imprescindible, nunca dejé de sonreíros, a pesar de que las fuerzas a veces flaqueasen. Y, sobre todo, mi mayor agradecimiento va para Martin Scofield. Un corredor formidable, pero, sobre todo, una gran persona. Siempre digo que Martin es de los mejores escobas con los que te puedes topar en una carrera, pero es que además es de los mejores compañeros que puedes tener. Gran parte del éxito de esta carrera se debe a él. No pasaría nada si no hubiera podido terminar, pero la experiencia había sido muy enriquecedora. Su preocupación hacia su tocayo lo engrandece aún más. De todo corazón, gracias por ser como eres.

Y a ti, querido lector, que te acabas de enchufar semejante tostón, gracias por leerme. Sé que dista mucho de los tiempos rápidos, de foto vistosa y apenas una descripción, pero, como suelo decir, yo no sé si estoy preparada para este mundo tan efímero y acelerado, es muy difícil que mute mi forma de ser. Pero, mientras tanto, seguiré escribiendo estos tochos, que juro que me hacen sonreír al leerlos de nuevo.

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